
Mis sueños de bicicleta comenzaron cuando muy niño, la verdad desde que logré entender que el paso siguiente de un triciclo era una bicicleta de 2 ruedas, como Dios manda. Eran años en las que las bicis para niños no eran tan comunes. Recuerdo la bici de un primo de gordos y blancos neumáticos con un manubrio en forma de media luna y las ñoñas ruedas laterales. Claramente ese modelo de bicicleta no encarnaba mis sueños.
En los veranos montaba una pequeña bicicleta, aro 24 de algún vecino generoso de Las Cabras (VI región) con neumáticos delgados y un marco similar a una bicicleta de adulto, esa era la bicicleta soñada, una réplica pequeña de una veloz bicicleta Raleigh. Volaba por los polvorientos caminos del fundo saltando y derrapando en las cunetas arenosas. En la ciudad, la aparición de la "Chancha", la mini CIC, no era de mi gusto, tosca y desproporcionada, demasiado afeminada para alguien que tenía las ganas de hacer del ciclismo y su colores el marco de su gloria. Las fotos de la revista estadio y de los ciclistas en esas esbeltas bicicletas, nada tenían que ver con el catre aro 20 que veía en las tiendas.
El mal gusto continuó en unas bicicletas de anchos manubrios remedo de una vagabunda o de esas motocicletas del tipo "busco mi destino". Una par de amigos tenían esas bicicletas con una palanca de cambio de cascada en el fierro central. Debo confesar que igual hubiese querido tener una de esas, pero una navidad mis sueños de ciclista se truncaron por muchos años cuando bajando una pronunciada pendiente de tierra se me atravesó un niño, más niño que yo; y por evitar atropellarlo frené con todas mis fuerzas y volé por sobre el manubrio aterrizando violentamente con mi mentón sobre la arcillosa calzada. TEC cerrado, varios puntos en la boca y alguna pieza dental perdida fue el saldo de la aventura. De ahí en adelante las posibilidades de una bicicleta propia se alejaron por algunos años.

Las italianas
Cuando tuve la estatura suficiente puede alcanzar los pedales de la Legnano de mi abuelo, una fiel italiana aro 28 que solo podía mover pedaleando por el lado, es decir metiendo mi cuerpo por entre el cuadro para conducir y pedalear algo contorsionado; volví a soñar. Pasó poco tiempo hasta que sentado en el sillín pude pedalear. El problema era bajarse; si no tenía solera donde apoyarme las posibilidades de caer se multiplicaban.
Mientras cursaba la enseñanza media, puede juntar algunos billetes y con ayuda de mis abuelos pude comprarme una Bianchi del tipo media pista, era plateada, muy bella aunque pesada, la cuidaba con mi vida, pero no era una bicicleta para competir. Toda de fierro y con unos cambios muy duros era más pinta que nada. A los cuatro años se la vendí a un compañero de universidad y logré comprarme otra Bianchi más próxima a lo que yo buscaba. Una bici de carreras de verdad. Varias piezas de aluminio aligeraron el vehículo y a mi me permitió volar muchos kilómetros montado en esa bici de amateur.
Varías cicletadas, un paso por los Ciclones de la Católica de Valparaíso y las prácticas semanales con mis compañeros de arquitectura hicieron del Camino Troncal entre Peña Blanca y Viña, la ruta habitual de nuestras tournées. También hacia Limache y San Pedro. El aumento del tráfico y los otros intereses nos alejaron de las rutas, también de los amigos, aunque la Bianchi pistera aun me acompaña por las calles de Santiago, ahora con algunos cambios, convertida en una hibrida urbana como cualquiera de nosotros, sigue pedaleando sueños ya no por la velocidad o por las largas travesías, sino dando otra lucha más personal. Buscando la juventud y la salud en cada pistoneada y ganándole el espacio al arrogante automovilista.
Debo ser honesto, no la uso todos los días, pero cada vez que la monto se abren las anchas alamedas por donde yo paso... libre, soñando construir una sociedad mejor.


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